Sobre cómo escuchar música, conversar y mirar el reflejo

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Al sujetar y deslizar la botella, iba marcando mi defensa tras una línea de acuarela vino tinto. Sobre la mesa aparecía ésta frontera líquida como un labial en los labios. Yo sujetaba aún más fuerte el cuello y junto al vidrio entre los dedos, admitía que no faltaba tanto para vaciar lo que restaba.

En nombre de los otros tiempos celebrábamos este.  Autodidactas de la vida –que indecencia– lanzados a la orfandad aun con nuestros padres vivos pero lejos, comenzando a sentir la desconfianza en el tiempo.

Sin importar el repertorio de idiomas en las canciones, corso, catalán, brasileño, hablábamos y cantábamos sobre las causas perdidas.  Teníamos las mismas  discusiones de cuando niños en un tono imitante del adulto, y junto a la música sentíamos al Tiempo atravesar cada palabra. Con él iniciábamos la mayéutica silente de los cuerpos; la constancia métrica del ritmo nos permitía encontrar un orden dialéctico: hablar, movimiento centrífugo, escuchar, movimiento centrípeto. Es que conversar siempre ha sido escuchar lo que alguien más dice, el verbo propio es el que menos vale ¿Quién no se cansa de estar siempre consigo mismo? Las personas que más leen, digamos de una vez el secreto, son originalmente las menos interesantes. Escuchar música, leer y quizás escribir es estar siempre con alguien más.

¿Con quién me siento a escuchar música si no es con los que más tienen algo que decirme? Escuchar música es la inhalación del Tiempo y hablar es exhalar el temporal después de calmar los pulmones. Sí, yo sé, nos mata pero ¿de qué nos defendíamos con la botella y el alcohol?

A falta de espejos hemos creado retratos. Son a ellos a quién deberíamos preguntarles.  Inamovibles mientras nos agitamos ante ellos ¿Qué logran ver cuando nos vamos? El retrato escucha y nos mira mientras que el reflejo habla por encima de nosotros y cierra los ojos al mismo tiempo. El retrato nos ve beber y el reflejo se embriaga con nosotros. Del otro lado están los mismos problemas, el retrato es ascendencia y descendencia. El reflejo se enfoca en nosotros y el retrato contempla el vacío.

¿Qué hacía mientras ella cantaba?

Intentar hablarle a los muertos es no dejarlos dormir.

 

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Anotaciones en Barcelona

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Era demasiado estar ahí. Ya hace tiempo sabes que eres de extremos. Quemarse o ni siquiera intentar encenderse. Ir rápido o no ir. Pero los regalos que te da la vida. Bajar la velocidad de la vida justo a esa velocidad que no puedes calibrar. Obligado a caminar a tres pasos en un paso. A no hablar tanto sin pensar. Sin embargo, a sobre pensar lo que dices. Tartamudeo rítmico.

Se duplicó el tiempo donde más querías que se duplicara. Dispuesto a pasar frió porque pensabas que el suéter se te veía mejor que la chaqueta.

¿Qué significa la duda en lo que se está más seguro en esta vida?

¿Qué significa poder decir una mentira mil veces si al decirla como verdad no puedes?

Nos despedimos siendo la palabra “paz” una de las últimas que pronunciamos. (Claro, en otro idioma)

Me vinieron dos frases de Octavio Paz a la mente.

– El poema es una constelación de sangre.

– Merece lo que sueñas.

Pienso en Casablanca solo que nosotros no queremos a la ciudad donde nos conocimos.

Aroma a camarones. Entras a un restaurante pequeño, muy parecido a uno de Caracas del cual te tuviste que salir porque era muy pequeño, muy ruidoso. Entraste a un restaurante de Caracas en Barcelona pero esta  vez te quedaste adentro. Hasta que casi todo el mundo se fue. ¿Es que era ese mismo y ahora te quedaste?

¿Cómo se lee un libro cuando faltan las páginas? La familia. ¿Cómo se conectan tantos personajes entre sí? Debe haber uno. Muerto. Los libros influyen aunque nunca hayan sido escritos.

Poco a poco has perdido el gusto de caminar solo en la calle. Yo renovado. Por los momentos no hay nada que decirse. Escucha.

«Juan, si todos cerramos los ojos al mismo tiempo, ¿eso sería un eclipse?»

Surrealismo.

Hace un año, durante la cabalgata de reyes te preguntabas donde estarías en un año. Justo se cumplía un año. Una terraza alrededor de plaza Catalunya, con una cúpula arquitectónica con forma de escafandra. Refugio de aire.

¿De dónde viene la luz cuando estás en el cielo? Los papelillos subían desde los pies. No nos caían encima.

«Me has hecho sentir un hombre muy afortunado»

 

 

 

 

Barcelona

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 Se levan anclas con el mismo esfuerzo en que se levantan párpados y se escurren las mismas gotas antes de cada viaje. Es hacia ese horizonte conocido, que no es más que una línea inferior de unos ojos, al que vuelvo a partir.

¿De qué me servirán mis supersticiones: confiar en la brújula hecha de líneas de manos, el valor insensato en un bostezo al iniciar el viaje, sentir el amargo y seco gusto de la noche en la lengua que me busca, las coordenadas anotadas que aparecen en mis venas, las velas blancas del mástil que uso como estandarte de guerra, el instinto que responde a otro amo, las sonrisas de mi padre, la gran cicatriz llamada piel, los baúles vacíos que cargo, las conversaciones constantes con el viento, la costumbre de hacer silencio en las calles, las lámparas que se encienden con aceite santo?

Ya no tengo más palabras. Conozco a nuevas personas para poder invocarte. Se hundieron los viejos oídos, en el naufragio calmo, en el ojo sereno del huracán. Después de cada azote, pierdo cada vez más la habilidad de reformular tu nombre.

Es tu mano debajo del mar la que mese las mareas.

Es tarde para cambiar el rumbo, los puntos cardinales se han roto. Dejo el fuego encendido en el barco, el alcohol reposando boca arriba, abro los candados de los esclavos, las jaulas de las bestias, pongo a dormir a mi infancia, dejo huir mis letras.

 Una máscara ajena cae sobre mi rostro, sus labios reclaman la pronunciación de tu nombre.

Eco vacío

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A esas horas la noche descendió mucho más de lo que suele hacer, ocultó los faros y se posó felinamente sobre las calles que llegamos a caminar, ella misma descansaba, la misma noche dormía. Se asemejaba a un eclipse astral donde un ala ancha y oscura cubría toda esta parte del universo. Esa noche no era precisamente noche, era vacío. Me acuerdo que intentabas explicarme algo que llevabas años sintiendo. Siempre habías sospechado que de alguna forma ya habías muerto varias veces, en distintas épocas y como siempre: el amor. Todo es siempre el amor.

Nunca me dijiste que escuchabas voces aunque era la forma más sencilla de entender lo que me querías decir, me hablabas de ecos y traducciones, de reminiscencia del pasado. Desde hace tiempo tengo claro que constantemente todo es una traducción, hasta ahí te seguía, luego me hablabas de los ecos internos, la voz, la palabra, son el primer eco, la voz y la palabra son la traducción, el eco y la reminiscencia. ¿De dónde viene la palabra si no es del pasado? La palabra dicha es la palabra pensada y la palabra pensada es la palabra ya utilizada y la palabra utilizada es ya la palabra dicha, es el eco, no es sorpresa. Todos sabemos que exteriorizamos lo que llevamos adentro. Ya hemos sido todo lo que somos, ya hemos dicho lo que vinimos a este mundo a decir aunque no lo hayamos dicho.

De tantas cosas me confundías. Me nombraste y ese eco volcaba mi atención hacía ti justo en el momento cuando contemplaba la noche a mis pies. Mi nombre y tu argumento, qué formula. Ya la perdí, siento que morí y ella aún vive, en el pasado. Aún no muere, ves, y si muere y viene ya le llevaré unos 28 años, no podremos estar juntos. ¿Por qué morí, mi nombre? ¿Por qué morí, mi nombre, por qué sigo siendo el eco de mis otros muertos? ¿Cuándo ceso de ir entre paredes de alma, entre murallas intermedias?

Te explicaba que no creía en la reencarnación, la vida es una. De la nada te molestabas y me acusabas de básico y de muerto. No es reencarnación, mi nombre. Es que ella sigue viva allá y yo morí allá y seguí vivo acá, quizá ella también está acá y siempre hemos sido dos en dos mundos y yo perdí el otro. Aún la escucho, escucho el otro mundo, la reminiscencia de ese otro paraíso, porque para ser paraíso hay que perderlo, el agua más preciada es la que se nos escurre entre las manos y vuelven los ecos que vienen de aquella parte, secándose, y quiero volver. Hay que despertar, voy a despertar, ven a buscarme cuando despiertes.

No servía de nada responderte, el eco no existe en el vacío, sin embargo sentía que estas palabras venían del pasado, podía presentir todo lo que estaba por venir.

Virgule toujours

toujours

Tengo que aceptar que manejaste todo de tal forma que yo no hubiese sido capaz de hacerlo. Es decir, manejaste todo mejor que yo.

Yo hubiese quemado todo una vez más. Te hubiese prendido fuego, al igual que a los barcos, mientras que tú fuiste soplando poco a poco hacia adentro palabras madera, logrando encender un fuego que quemaba venas e iluminaba sangrientamente toda esta noche.

Bravo.

Mientras dormía o tenía que salir a trabajar o arreglar mis papeles o recibir al recién llegado de turno, siempre te dejaba sentada con las piernas cruzadas sobre mi cama. Ni siquiera me veías para decir adiós porque tu atención ya se había anclado en tu cuaderno negro y vacío en el cual escribías con tinta roja.

No es un invento la tinta roja. Todo lo que escribo puede ser mentira, al igual que lo que digo, excepto si lo escribo o lo digo con tinta roja.

Volvía y seguías escribiendo. Me asombraba la capacidad de llenar páginas sin esfuerzo mientras que yo tengo que llenar el techo de mi cuarto con ideas y fantasías para que después una a una caigan en el teclado de mi computadora. Si algo no hago es escribir a mano, llámalo miedo al compromiso, a dejar un rastro, la falta de tu tinta roja.

Sabemos bien que ya no somos jóvenes, que quizá esta vida no es la que deberíamos tener pero no nos da remordimiento seguirla robando. Aprovechabas a burlarte de mí cada vez que te comentaba uno de esos pensamientos y no perdías la oportunidad de pintarme la cara después de mi explicación sobre la palabra toujours, que en francés puede significar “todavía” o “siempre” y eso me parece una putada. Comenzaste a utilizar frases en la que finalizabas con toujours simplemente para saber que pensaba yo, si era “siempre” o “todavía” y así poder delatarme.

Sin darnos cuenta comenzamos a improvisar  uno de esos juegos de palabras e instinto los cuales ya sabías que me gustaban tanto, esos juegos que parecen caer en la prestidigitación donde cada uno decía una frase con Toujours e intentábamos adivinar, todo esto para luego, poco a poco, darnos cuenta que no existe ninguna forma de decir la Verdad en este mundo.

J’ai faim, toujours. –Siempre

Je voudrai rester ici, toujours. –Siempre

Ils me manquent, toujours. –Siempre

Je t’aime, toujours. –Todavía

Qué putada, toujours. Siempre

Yo encontré mi pequeña venganza pronunciando “yo también” afrancesadamente, y te daba un poco vueltas en la cabeza porque pensabas que había dicho Je t’aime bien y aclaraba que no, que había dicho Moi aussi en español. Comenzabas a enervarte mientras que yo reía un poco más.

– C’est je t’aime bien ou moi aussi ?

– Oui, c’est moi aussi que c’est yotambién.

– Mais non. Tu veux dire quoi ?                               

– Yotambién.

– Tu m’aimes bien ?

– Moi aussi.

– Arrête toi.

Aún no cerrabas el libro, seguías con las piernas cruzadas, usándolas como mesa mientras ya yo llevaba rato acostado a tu lado. Era difícil hacer que dejaras de escribir. Esa misma noche me dijiste que solo te daba por escribir en mi cama, y que la mayoría de las veces que yo dormía, seguías escribiendo. No me asombró porque aquí hay muchas mujeres que duermen poco. Ni pregunté qué escribías porque sé que era solo para ti o para las cosas que vienen. Seguías un poco molesta con el yotambién  o con el moi aussi. Siempre da lo mismo.

Esa mañana me despertaste y ya el verano estaba pasando a otoño. Te encontrabas lista para salir así que te acompañé hasta la puerta de la casa. Caminé sin estar realmente despierto.  En el pequeño trecho no dejabas de reír, me decías que te ibas a hacer maletas porque como todos te tenías que mudar, eufemismo de que te habías cansado de esta ciudad. Nosotros ya habíamos tenido nuestra amedionochada despedida con las palabras y las manos, no quedaba más que la puerta matutina. Me dijiste au revoir y te respondí adiós. Seguí atontado al baño para lavarme un poco el rostro el cuál habías besado como despedida y entrega.

Entendí porque reías al irte, al ver mi frente también lo hice. La tinta roja en mi sien: toujours est siempré, así, en rojo, así, con acento en la última e.

La mouche (ou du plagiat)

Je t’avais tuée

je t’aurais tuée de nouveau

je t’ai tuée à San Blas

à Ica

à La Plata

au bus à Barcelone

à chaque ville cachée où je suis toujours

à chaque chemin que personne ne pense

tu n’es que le plagiat de tout ce que j’ai déjà vécu

je t’aurais tuée de nouveau

avec la seule vie qui me reste.

Diálogos en Francia

– Entonces, en tu país matan a alguien y no pasa nada.

– Sí, es algo así.

– Tienes que ser famoso o quizá una tragedia para que salga en las noticias.

– Exactamente.

­– Entiendo, en mi país quizá pasa algo parecido.

– …

– Matan gente y a nadie le importa.

– …

– En mi continente mueren miles y a nadie le importa.

– …

– En el mundo asesinan miles y a nadie le importa.

– Sí, es así, supongo.

– ¿Qué otras cosas mueren mientras a nadie le importa?

– Ehm… bueno, no sé, en este momento debe estar un tiburón en el mar comiendo algo, qué se yo.

– Tu siempre sabes algo.

– No sé.

– Deja de estar arrancando grama y cuéntame.

– Bueno… quizá ahora, en el cielo, se está quemando un meteorito que llevaba millones de años en el espacio… y se está quemando ahí, y no lo vemos, y no nos interesa.

– ¿Pero entonces a ti te interesa si estás pensado en el meteorito?

– No precisamente el meteorito, me interesan las cosas que no logramos ver.

– ¿Cómo la gente que matan en tu país?

– No, esas sí las he visto.

– Ya.

– …

– Entonces un meteorito que llevaba millones de años está muriendo y a nadie le interesa.

– Sí, justo en este instante puede estar explotando una estrella y a nadie le interesa

– Puede estar naciendo un mundo.

– Sí, y a nadie le interesa.

– ¿Qué es la explosión de una estrella al lado del asesinato de una persona?

– Nada, es lo mismo, soy yo arrancando estos pedazos de grama mientras te hablo.

– Sí, somos nosotros estando acá sentados en la grama, en la noche, tomando cerveza.

– …

– Sí, a nadie le interesa.

Diario-ficción: Histotretas, cuentifargos y releertas.